Vikingos de realidad virtual

fatedTras debutar en PC hace algunos meses para Oculus Rift y HTC Vive, FATED: The Silent Oath llega a PlayStation VR con el objetivo de consolidar su apuesta por esta tecnología a la que le está costando consolidarse en el mercado doméstico.

El estudio canadiense Frima se zambulle en la realidad virtual con una atípica experiencia narrativa basada en la mitología nórdica. Se trata de una aventurilla en primera persona de duración y desarrollo similar a una película, con mecánicas muy sencillas y énfasis en la historia por encima de lo lúdico.

FATED arranca situando al jugador en la piel de un vikingo que es transportado malherido por su familia en un carro. Mientras se debate entre la vida y la muerte, una valkiria le da a su espíritu la oportunidad de volver entre los vivos para cuidar a su familia, pues se avecina el fin de los tiempos: el temido Ragnarök. El único precio que pide a cambio es su voz.

Así consigue Ulfer volver junto a los suyos. Este pacto de silencio es en realidad un recurso tremendamente inteligente para permitir al jugador comunicarse con los personajes del mundo. Dado que el personaje se ha quedado mudo, cuando alguien se dirige a él su capacidad de respuesta se reduce a negar o asentir, gestos que se realizan moviendo la cabeza en la dirección indicada. Se trata de una mecánica muy intuitiva que funciona muy bien con el casco de realidad virtual y no me sorprendería que fuera muy imitada en el futuro.

Imagina ser vikingo

El juego mantiene un ritmo bastante pausado, con especial atención a la interacción con los personajes. El control es directo a través del Dualshock 4 y aunque en algunos momentos no es tan preciso como debería al menos es muy suave, algo que agradecerán los usuarios con tendencia a marearse.

Cada episodio incorpora algún minijuego como conducir un carro por un acantilado o tiro con arco. Estos momentos están bien resueltos y añaden dosis de acción que se agradecen, por desgracia su presencia es bastante mínima y se echa de menos que se les saque más partido.

Más papel hacen algunos puzzles, que no por fáciles resultan menos divertidos. Probablemente la cosa tendría menos gracia sin la inmersión que ofrecen las gafas de realidad virtual, pero es innegable que esta tecnología consigue que algo tan trillado como la típica trampa de cuchillas oscilando en un pasillo vuelva a resultar impactante.

Contribuye a ello el estupendo apartado artístico. Aunque el juego no lleva el Unreal Engine 4 a sus últimas consecuencias sabe compensar sus carencias técnicas con un estilo de dibujos animados muy atractivo.

Un detalle bastante importante que hay que tener en cuenta es la ausencia de localización al castellano. Para disfrutarlo hay que tener cierto dominio del inglés o francés escuchado, sin posibilidad de subtítulos.

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Veredicto

La falta de contenido de FATED: The Silent Oath molesta un poco menos si tenemos en cuenta su accesible precio de 10 euros. Incluso teniendo esto en cuenta, queda una fea sensación de que los créditos aparecen demasiado pronto. Se echa en falta un mayor desarrollo de la historia y aunque llega con vocación de película interactiva finalmente da la impresión de ser un cortometraje. Ignoro si es la primera entrega de una historia más amplia. A juzgar por el abrupto (pero muy impactante) final, espero ver una continuación en los próximos meses.

A pesar de quedarse a medio gas, se trata de un intento muy meritorio de crear algo con sustancia para realidad virtual, una tecnología que sigue teniendo un catálogo muy limitado con pocas propuestas de peso. Puede que FATED no sea la aventura definitiva que uno soñaría con sentir en sus carnes, pero sí es un primer paso que planta algunas buenas ideas.

valoración: 3,5/5

Iván Rosique González
Santomera, Murcia (1985). Licenciado en Periodismo por la Universidad Católica de Murcia. Se incorporó a 'La Verdad' en 2009. Es redactor. Anteriormente en Meristation, Hardgame2 y PSMotion. Un día su padre se presentó en casa con una Atari y desde entonces perdió un hijo. A veces sueña que SEGA todavía hace consolas y al despertar llora con amargura.
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